La película sobre el concierto que casi no fue
La película sobre el concierto que casi no fue

Keith Jarrett había llegado a Colonia después de un viaje extenuante. Viajó toda la noche desde Suiza, en un coche diminuto, doblado sobre sí mismo, soportando el dolor de espalda crónico que lo aquejaba desde hacía años. Al llegar al teatro, el piano lo desarmó: un instrumento de ensayo, pequeño, con el registro grave ahogado, sin brillo en los agudos, con un pedal defectuoso. ”No tocaré con esto”, dijo. Y estuvo a punto de cumplir su amenaza.

Vera Brandes, una promotora de 18 años, no podía permitirlo. Había vendido todas las localidades. 1.432 asientos ocupados por un público que esperaba lo imposible: un recital en solitario del pianista más reverenciado del momento. Brandes, que desde los 16 organizaba conciertos en Alemania, no estaba dispuesta a fallar. ”Si no tocas, estaré jodida. Y tú también.”

Lo convenció. O lo acorraló. O lo manipuló con la astucia de quien sabe que, en el fondo, Jarrett no podía resistirse a la música. Un equipo de técnicos trabajó contra el tiempo. Afinaron el piano, ajustaron lo posible, aliviaron la tensión. A las 23:30, cuando Jarrett se sentó en el banco, el destino ya estaba sellado.

Cinco décadas después, aquella noche regresa como ficción. Köln 75, la película de Ido Fluk, tiene su estreno mundial en el Festival de Berlín. No es una biopic sobre Jarrett. Es la historia de Vera Brandes, la joven que convirtió una crisis en una leyenda. Filmada con un tono frenético y caótico, al estilo de -vaya contraste- 24 Hour Party People, la película reconstruye las horas previas al concierto como un vértigo de llamadas desesperadas, obstáculos técnicos y decisiones de último minuto. La mirada no está puesta en el genio, sino en quienes construyen el andamiaje invisible sobre el que se sostienen los momentos históricos.

Hoy, Brandes sigue siendo una figura enigmática. Después de su carrera como promotora, dirigió un sello discográfico y luego se dedicó a la “terapia musical”. En Alemania, su nombre sigue resonando en la escena del jazz como el de alguien que, con apenas 18 años, “logró lo imposible”: que Jarrett protagonizara una de las noches mágicas en la historia de la música del siglo XX.