Cinco discos esenciales del metal argentino
Cinco discos esenciales del metal argentino

1) Hermética / Ácido argentino (1991)

Hay discos que definen una era. Ácido argentino no es solo el trabajo definitivo de la que probablemente sea la banda más influyente del heavy nacional, sino también un testimonio importante para comprender una época marcada por la pauperización de vastos sectores de la población. Entre ellos, los pibes de clase media y baja de los suburbios que constituían el núcleo duro del público de “la H”, sujetos a una marginación cada vez mayor por las políticas aplicadas durante los 90. Una juventud que, en número creciente, se quedaba afuera del sistema, sin aspiraciones ni futuro.

Después de un primer disco que había sentado las bases de su estilo, y un EP de tributo a sus influencias (Intérpretes, 1990), que les permitió ganar tiempo, Hermética llegaba en su mejor forma al segundo álbum, para el que contaron con una mayor cantidad de horas de grabación. Además, la entrada de Claudio “Pato” Strunz en la batería aportó un mayor grado de profesionalismo en el sonido, coincidente con el salto en el nivel de convocatoria que la banda estaba atravesando. Su depurada técnica de doble bombo encajaba a la perfección con las composiciones, mayormente orientadas al thrash metal.

Y lo más importante, Ricardo Iorio tenía mucho para decir (como se ve en la extensión de las letras), y la expresión del cantante Claudio O’Connor, si bien conserva sus característicos agudos, se esfuerza para que cada verso sea comprendido.

Esto queda claro desde el comienzo con “Robó un auto”, casi una road movie con una pareja que huye de la ciudad para establecerse en la naturaleza. Esta oda a la libertad en un contexto rutero continúa en “Del camionero”, sobre alguien que encuentra su libertad solo a bordo de un camión.

“La revancha de América” reivindica la causa de los pueblos originarios y funciona como una especie de prólogo de dos temas enfocados en cuestiones espirituales: “Memoria de siglos” (basada en el I–Ching) y “Predicción”. La temática lleva naturalmente hacia “Atravesando todo límite”, con letra de Ana Mourin (por entonces esposa de Iorio).

La rebeldía contra la opresión alcanza su máxima expresión en “Gil trabajador”, uno de los temas emblemáticos del álbum: “Mientras el mundo policía y ladrón/ me bautiza sonriendo, gil trabajador”. “Vientos de poder” (que comienza con unos versos del Martín Fierro pasados al revés) podría integrar una trilogía con “Víctimas del vaciamiento” y “Olvídalo y volverá por más”, canciones que denuncian a los dueños del poder y los políticos corruptos, para finalizar con un mensaje de aliento a sus fans: “Yo seguiré junto al metal en mi mensaje/ Vacilaré si tú no estás en este viaje”.

La arenga a las hordas metaleras continúa con “Evitando el ablande”, y culmina en la extraordinaria pintura urbana de “En las calles de Liniers”, otro de los clásicos de este disco, con su descarnada descripción de la rutina ciudadana. Allí Iorio consigue su propósito de acercarse a otros autores que admira, precisamente por su cualidad de cronistas de la realidad, como Discépolo, Larralde y Javier Martínez.

No hay cabos sueltos en Ácido argentino. Los dos instrumentales finales de los lados A y B del disco, liderados con autoridad por la guitarra de Antonio “Tano” Romano, “Horizonte perdido” y “De Pismanta a Bauchaceta”, dan un cierre perfecto a esta idea de viaje, físico y espiritual, que convierte al álbum casi en una obra conceptual. Lo mismo puede decirse del dibujo de tapa, con el Tío Sam estrangulando a la República, y la foto de la banda, tomada “en los fondos de la planta productora de ácido clorhídrico, responsable de poluir las riberas del arroyo 3 Horquetas, en San Fernando”.

2) V8 / Luchando por el metal (1983)

Le bastaron tan solo veintisiete minutos a V8 para definir estética, musical y filosóficamente su visión del mundo y construir el álbum de metal más emblemático de la historia argentina. Porque en la estrecha senda del heavy nacional podemos encontrar otros trabajos de producción super cuidada y proyección internacional, pero ninguno que se haya erigido como la Sagrada Biblia de un estilo que, con los años, se convirtió en un peregrinaje a la tierra prometida de quienes quedaron fuera del sistema.

Con el vértigo del speed metal, la adrenalina del punk y la gravidez intrínseca de clásicos como Saxon, Iron Maiden y Black Sabbath, Luchando por el metal es la obra urgente de cuatro jinetes de la clase obrera que transformaron su hastío, enojo y frustración en un vehículo desesperado para despertar de los años oscuros y ser cronistas de su tiempo. Todo a la velocidad de la luz.

Equilibristas de su propio caos, V8, como había sucedido a finales de la década del sesenta, se presentaba como un frente de confrontación de aquellas músicas que entendían “complacientes” y que sugerían un “ablande”, encarnado por artistas volcados a la canción folk que habían dominado parte de los setenta (Pastoral, Pedro y Pablo, Sui Generis) y nuevas y refinadas expresiones (Seru Girán, Spinetta Jade).

Desde el comienzo anfetamínico de “Destrucción” (tema que Gustavo Rowek compuso durante sus horas en una fábrica de plástico) hasta el himno tribal “Brigadas metálicas”, pasando por la ominosa “Parcas sangrientas”, el debut de V8 no ofrece descanso. Con un certero Beto Zamarbide, un inspirado Osvaldo Civile, un Ricardo Iorio conveniente y alerta (que comenzaba a agudizar a través de la lírica la mirada social que luego profundizaría en Hermética) y con Pappo como invitado en “Hiena del metal”, la ópera prima de V8 se nos presenta hoy como una joya insuperable dentro del estilo para la música nacional.

3) Riff / Ruedas de metal (1981)

Aunque todavía subsistan en el panteón de la música argentina como unos avatares dignos de un cómic (¿Los Caballeros del Rock Cuadrado?), se pueden divisar variantes y mojones en el sonido de Riff. Los moldes están a la vista, nada tenues, como siempre en ellos.

La grabación del disco, con un título que estaba afanosamente inspirado en el previo y contemporáneo Wheels of Steel de Saxon, fue realizada en un estudio que hoy ya es parte de la historia (Take 1), que Vitico recuerda como “de juguete” y sin productor artístico. A esa suma de adversidades agreguémosle la falta de entrenamiento de los técnicos de época para grabar rock pesado y estaremos cerca de poder explicar por qué Ruedas de metal (1981) es abordado por tantos puntos de vista diferentes a la hora de recordarlo.

El sonido opaco y cavernoso del himno que lo titula lleva una cinemática que hasta podría acercarlos a una versión más guitarrera de Joy Division (comprueben al mismo tiempo lo cerca que los de Manchester estuvieron de Black Sabbath en “New Dawn Fades”). En un tour de force singular advertían la posición que venían a ocupar: “Nosotros los reyes/ de este pesado rock/ estamos alerta/ por cualquier situación”. Se filtran pasajes de punk-rock (“No detenga su motor”, “Rayo luminoso”), que se reafirmaban con el look de pelo relativamente corto y camperas de cuero de cierres cruzados que tenían más que ver con el combat look de The Clash que con otros uniformes metálicos de época.

Nada de esto quita que Ruedas de metal sea una obra destinada para las huestes pesadas y que, como recuerda hoy Juanse, el solo de guitarra a lo Ritchie Blackmore que Pappo ejecutaba en “El marqués bajo la luz” era un ítem a sacar entre los pibes del barrio. Vale recordar que las composiciones oscilaban una repartija entre el Carpo y Vitico (que canta “Sordidez” y “Mucho por hacer”), luego de haber intentado en vivo con otro vocalista (Juan García Haymmes). Este primer opus es de los que trazan una línea divisoria. Antes de él, hard-rock/pesados/zapadas/blues. Después de él, metal/cuero/ciencia ficción/alienación.

4) Rata Blanca / Magos, espadas y rosas (1990)

Más cerca de Arda que del Bajo Flores. Cueros, baladas y violas. Magos, espadas y rosas. En 1990, Rata Blanca tallaba la piedra angular del power metal en Argentina usando la épica y las distorsiones ATP como martillo y cincel. Si hasta entonces el heavy local se caracterizaba por relatar las vicisitudes del hombre suburbano, Walter Giardino y los suyos vinieron a proponer un escapismo a bosques encantados. El inicio con “La leyenda del hada y el mago” seguido por “Mujer amante”, que responde al arquetipo tema-potente-seguido-de-un-lento, terminó por convertirse en icónico para el grupo. En esas canciones se establece una imaginaria ideal para la alta rotación. Amor, teclados y pompas. Eran tiempos en los que el heavy metal a nivel mundial se probaba mil nombres sin cambiar de apellido y a Rata Blanca le cabían los más discutidos por la doxa (soft, glam, hair).

Magos, espadas y rosas fue un acercamiento a dotar al rock pesado argentino de carga sexual, de direccionar la libido hacia el amor romántico antes que hacia la destrucción del sistema y la denuncia social. La mujer es el objeto de deseo y el hombre refuerza su masculinidad apropiándose de elementos a priori femeninos. Pelos, hombreras y botas. Los Rata Blanca recuperaban la imagen del rockero como sex symbol. Y con ello, la popularidad.

Lejos de la tribu pero al calor de las masas, la banda le daba al heavy su crossover definitivo -y a la postre el único-. Magos, espadas y rosas es el disco de las grandes formas (“El camino del sol”), las epopeyas fantásticas (“El beso de la bruja”), los agudos inmaculados (“Días duros”) y los solos con aspiraciones orquestales (“Preludio obsesivo”, de su primer disco, incluido como bonus track). Y en ese dar riendas sueltas a la ambición y las fantasías, con un despliegue de técnica acorde, se abría un universo de posibilidades. Para el obrero y la ama de casa, una burbuja posible antes de la burbuja imposible del 1 a 1. Si los viajes a Miami iban a ser para otros, el trabajador tenía un pasaje a la Tierra Media de Tolkien a un play de distancia. Cuentos, australes y cuotas. Magos, espadas y rosas.

5) Logos / La industria del poder (1993)

A finales de los 80, mientras las esquirlas de V8 mutaban en bandas como Hermética, Horcas y Rata Blanca, Alberto Zamarbide, Miguel Roldán y Adrián Cenci convertían a Logos en la prolongación, bajo sus propios términos, de aquel supergrupo. La industria del poder, su disco debut, parece encarnar una versión más pulcra y elaborada de V8, proyectada siempre a través de la gola combativa de Zamarbide. Grabado en 32 canales bajo la producción de Néstor Randazzo, el álbum de puro heavy clásico gana relieve en sus textos, dividido entre temáticas sociales (“La industria del poder”, “Marginado”) y piezas religiosas alineadas por las creencias evangélicas de sus integrantes (“No te rindas”, “Ven a la eternidad” y “Como relámpago en la oscuridad”). Lanzado en plena noche menemista -en sintonía, la foto de portada corresponde a la película Metrópolis, de Fritz Lang (1927), film donde los obreros tienen prohibido salir de su gueto-, el disco rápidamente se convirtió en clásico.